El cubismo

«Lo que diferencia el cubismo de la pintura antigua es que éste no es un arte de imitación sino un arte de concepción que tiende a elevarse hasta la creación… Representando la realidad concebida o la realidad creada, el pintor puede dar apariencia de tres dimensiones…, cosa que no podría realizar representando simplemente la realidad vista o en perspectiva, que deformaría la cualidad de forma concebida o creada…» De esta manera definió en 1913 Guillermo Apollinare el cubismo.

 

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En 1906, Picasso ya seguía estos criterios cuando hacía primar una organización geométrica del objeto manifestando un análisis más mental que óptico. Proyectando los planos, es decir, reproduciendo una junto a otra todas las caras de un objeto de tres dimensiones. Picasso aparecía como el heredero directo de Cézanne (muerto en el mismo año), el cual recomendaba tratar la naturaleza por medio del cilindro, la esfera o el cono. Cézanne otorgó al color una importancia que le será negada por los primeros cubistas, Picasso y Braque. Cézanne habló también de «hacer sentir el aire», cosa que nunca llamará la atención a los cubistas, más preocupados por eliminar toda referencia a los colores locales.

George Braque fijó su residencia en el verano de 1907 en La Ciotat y en L´Estaque, cerca de Marsella, el mismo lugar en el que Cézanne había creado sus paisajes más construidos . De regreso a París, descubre con sorpresa Les desmoiselles de Avignon de su amigo Picasso. Estas son las dos circunstancias cruciales que explican su Gran Bañista empezada en diciembre de 1907. Construida mediante planos geométricos de ángulos agudos atenuados por redes de curvas y contornos oscuros, Braque realiza entonces una de las obras que dieron origen a lo que vendría a ser el cubismo. En 1908 Braque y Picasso deciden experimentar este nuevo lenguaje pictórico, no individualmente, sino en colaboración, hecho que se tradujo en una extraordinaria aventura artística, única en la historia del arte, verdadera ruptura.

Muy pronto Braque y Picasso son emulados por diversos artistas, agrupados en una primera gran exposición colectiva en el Salón de los independientes, Sala 41, en abril de 1911. En ella participaron, entre otros, Delunay, Gleizes, Le Fauconnier, Léger, Metzinger, Archipenko, La Fresnaye y Marcel Duchamp. Picasso y Braque no figuraron en esta exposición y su participación en otras manifestaciones cubistas fue muy escasa.

Esto explica el error de la crítica del público que creían de buena fe, pero equivocadamente, que el verdadero cubismo era el de la Sala 41. Apollinare consideró entonces a Mitzenger como «el único adepto del cubismo propiamente dicho» y sólo evocaba el papel de Picasso en tanto que influencia en un arte nuevo. Contribuyendo a la confusión ya grande en las apreciaciones que los críticos de arte de la época realizaban del cubismo, Apollinare, su primer y principal valedor, no tuvo en cuenta que muchas de las obras presentadas como «cubistas» no correspondían en absoluto a la definición que él mismo había dado. Así, pasa por alto que Le Fauconnier se contenta con un procedimiento de fragmentación geométrica de las formas desvinculadas entre sí y sin ninguna relación con las experimentaciones de Braque y Picasso. Pierre Cabanne observa que en las obras de estos últimos «volúmenes, ritmos, iluminación, colores y espacio, convergían en una totalidad, en la que la mínima alteración de alguno de sus componentes comportaba fatalmente la modificación de los otros; esta situación no se daba entre los «cubisteurs» en cuyos cuadros los fragmentos eran independientes unos de otros». Es conveniente, pues, distinguir entre cubistas y «cubisteurs» sin olvidar a los artistas de primera fila que, como Léger, Delunay o Marcel Duchamp, han conocido en un momento de su evolución una fase cubista.

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