Lucian Freud y su obra.

Que otros le mirasen mientras trabajaba es algo que el taciturno pintor Lucian Freud, poco amigo de la publicidad y las entrevistas, no vio nunca con buenos ojos. El nieto de Sigmund Freud, nacido en Berlín y emigrado en 1933 a Londres, fue en su segunda patria, que en 1939 le concedió la nacionalidad Britanica, un esquivo trabajador de la mirada. Su tema central fue la figura humana, la persona desnuda, su apariencia despojada de sentimentalismos y programas, consistente en la cruda naturaleza no embellecida.

Los modelos de Lucian Freud son sobre todo personas de su entorno, parientes, amigos, colegas. Con su pintura interroga la factura material de sus cuerpos, en los que ve materializados tanto la mente como el mundo y trata de reflejar esto del modo más directo y no simbólico posible. Sin duda sigue con ello la gran tradición realista del siglo XIX. A menudo, por supuesto, lo han comparado con su célebre abuelo. Se ha dicho que ambos Freud habían acostado, metafóricamente hablando, a sus sujetos en el sofá, uno para llegar, por la vía del psicoanálisis, a superar las resistencias de la represión y conocer las verdaderas causas del mundo anímico, el otro para descubrir, pro la vía artística, en la piel desnuda, el interior oculto,  incluido el suyo propio. Ambos serían así, con distintos métodos y medios, rastreadores de aquello que solo se puede detectar en la superficie de la vida.

 

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Reflejo con dos niños. 1965, óleo sobre lienzo, 91,5 x 91,5 cm. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

 

Sin embargo y tal como les explicamos a nuestros alumnos de clases de pintura en Madrid, lo cierto es que mientras Sigmund deduce de los síntomas el estado del subconsciente, Lucian se detiene en la apariencia de la carne y de la piel. Su campo de observación son sobre todo la decrepitud y la decadencia de los cuerpos. La piel es el criterio  que permite estudiar y caracterizar, pero no juzgar, el estado de ánimo y la historia personal de un individuo, la desorientación o la fatiga de una existencia . La piel es la instancia limítrofe entre cuerpo y biografía. De este modo, Lucian Freud se especializó en la pintura de pieles pálidas, irregularmente pigmentadas, que dejan translucir los vasos capilares, y de pechos flácidos, vientre hinchados, piernas descuidadamente abiertas y párpados inflamados. EN muchos casos las personas están dormidas, parecen enfermas, incluso marcadas por la muerte. Cuando buscan la mirada del espectador, no ocultan su tristeza.

Y cuando Lucian Freud pinta autorretratos, es decir, cuando se mira en el espejo pintándose a sí mismo, casi parece que tuviera que trasladar su aversión a la presencia de otros a su propio acto de reflexión. Como si el propio espejo mudo le pareciera demasiado locuaz. Por eso, en el cuadro de 1965 hay que tener en cuenta el espejo como factor autónomo. El vidrio está inclinado de manera que conduce la mirada del espectador de abajo arriba y presenta a la inversa la mirada del pintor sobre sí mismo con aire doliente y mal humorado, no tan altiva sino más bien decaída. Vemos en lo alto un techo monótono de color abúlico bajo el cual la boca del artista, sus fosas nasales y sus cavidades oculares constituyen el foco de atención tan distorsionado como preciso. La figura nos mira como la policromía incolora del techo o la fría cavidad de las lámparas: obtusa y agudamente a la vez. Tan sólo dos niños al fondo, sobre el suelo, en un plano de reflexión distinto, observan tranquilamente la escena. Los niños, en cambi, tienen derechoa a mirar.

Esperamos que a través de este artículo hayas conocido un poco más a Lucian Freud. Estaremos encantados de atenderte en nuestras clase de pintura en Madrid.

 

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