De Kooning

Willem de Kooning (1904) fue el único miembro de la Escuela de Nueva York que decidió conservar la representación de la figura humana. Se convirtió así en el más prestigioso heredero de Picasso, con el que comparte una misma aprehensión psicológica del cuerpo femenino, recuperando una visión milenaria de la mujer, como un ser monstruoso y animal que exhibe su sexualidad con una violencia carnal y con una torpeza grotesca. La serie Woman de 1950-53 evoca una multitud de influencias, una cadena que parte de las Venus de la Edad de Piedra, pasa por las gitanas de Hals y las vampiras de Munch, y llega hasta la imagen urbana de la chica en bicicleta por las calles de Nueva York, con su maquillaje y su zapato de tacón.

 

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Mujer y bicicleta, Willwm de Kooning (1953). Óleo sobre lienzo, 194,3 x 124,5 cm.

 

Como el Picasso de finales de los años 20, De Kooning maltrata la imagen femenina: la desintegra en pedazos dispersos, la asigna una mirada maléfica y desorbitada, y la dota de una doble imagen freudiana de agresión sexual, la vagina dentata, que en este cuadro se presenta como una fila de blancos y afilados dientes en la hendidura de la boca maquillada, tanto más amenazante por si inexplicable repetición en el escote. En una ocasión habñia comentado: «Las bocas me fascinan. Me parce que todo debe tener una boca, y yo la coloco a mi gusto».

De Kooning no ofrece en sus cuadros una imagen fija y estructurada. Sus contenidos son tenues, flotantes, no existen casi datos reales. Algunas de sus inspiraciones para esta serie Woman son la suma de «una chica vestida de amarillo que había visto en la calle 14 y que luego había olvidado, que volvió a su conciencia en el curso de la pintura y que desapareció para siempre en la cimentación del proceso pictórico. Allí se juntó con madres sentadas en los bancos de un parque, con una madonna italiana, con alguna de sus esposas y con el rictus de un ídolo mesopotámico» (Mujer V, 1952). Como un patinador que se desliza entre visiones fugaces  que atrapa al vuelo, lo que De Kooning pinta es la conexión entre todas esas cosas, y el resultado de esas conexiones producen algo bien distinto: la hembra eterna, el miedo a lo femenino, los ídolos de la maternidad, una hilaridad particular, sonrisas de revista, la madre castradora, las chicas de los calendarios, la ferocidad del erotismo.

 

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«Mujer V», 1952.

 

De Kooning no creía en el estilo personal: «El hombre debe vivir su angustia sin refugiarse en el estilo». Ese fue su lema, No style position. Por eso no perseguía tanto la belleza del efecto como la autenticidad del proceso. Este propósito lo llevó, incluso, a eludir la visión física del cuadro y a pintar en un estado de ceguera que le permitiese esquivar todo decorativismo formal. Su trabajo sobre los lienzos de gran tamaño, responde a su deseo de perderse, de no saber dónde está, de olvidar el sentido de la proporción y de la escala; resultado que obtiene al doblar partes ya pintadas, al dibujar con los ojos cerrados o en el caso de sus esculturas, modelar con unos guantes de jardinero.

 

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